viernes, 8 de julio de 2016

Frankenstein o la ilusión de vida

Analizo por décima vez las partes
comparo habilidades, destrezas
fuerza, potencia, necesidades y gustos,
tomo medidas y trazo líneas para posibles cortes.

En mi lista hay diez sujetos posibles,
aunque a veces dudo que con ese insumo, se pueda armar esta ilusión...
diez, para solo armar uno.

Tomaré el cuerpo y la irresistible piel del primero,
superficie suave por la que me pierdo;
los labios lentos y apacibles del segundo,
besos gentiles que protegen;
la inocente mirada del tercero,
ojos invenciblemente escrutadores;
y las manos fuertes del cuarto, su resistente corazón y su agudeza mental.

Creo que desecharé los otros seis,
hay un poco de redundancia cíclica, tratando de hallar algo que sirva
y lo útil de este grupo ya está contenido en los otros cuatro.

Antes de empezar esta construcción, siento que debo devolverme al primero
y extraerle su basta memoria, que olvida lo trivial y guarda lo importante,
su facilidad para aprender cosas nuevas y enseñármelas casi que de inmediato,
su manera de estar ahí como si nada pasara,
pero haciéndome creer que algo majestuoso puede ocurrir.

Empieza la función:
las carnes bullen y relampaguea la habitación
mi cuerpo vibra excitado al pensar en el resultado
pero... la regla era inexacta
las líneas no fueron más que devaneos sobre compleja cartografía
y todo termina siendo un desastre más triste que el de Shelley.

Apago la lamparita, guardo el lápiz y destruyo la regla.
Fin de la ilusión.