La vida, el universo, el demiurgo o, qué sé yo, ha puesto las cosas sobre la mesa, ya no hace falta elegir, todo está hecho. Todo se escapa de mi control, de mi aparente deseo y así, todo parece mejorar. En el interior todo se mueve, la vida parece susurrar apenas. Calma, agobiante y pesada.
A veces quisiera obligarme a llorar, gritar o sentir rabia, pero nada sale, todo está aletargado y me he convertido en la espectadora que ve cómo se cierra el telón de una obra tortuosa y mal lograda, una obediente espectadora que aplaude cuando cree que todo acaba. Para ella el cierre del telón es un respiro, un alivio.