Un sueño comienza cuando, después de conocer varios hombres, entiendo aquella frasecilla de tía que dice:
-"Mija: no hay hombre perfecto, cásese con algún jovencito bueno y trabajador, evítese el riesgo de quedar sola"Yo, siendo tan Kassandra como soy, que he visto el futuro claro para otros y confuso el propio, que renuncié al amor del más perfecto: el hermoso Apolo, no iba simplemente a conformarme con un muchachito trabajador. Por sí sola puedo ponerme un pan en el plato cada noche. Realmente quiero algo más, un jovencito que además de trabajador se atreva a rodearme con sus brazos cada noche, a susurrarme cuánto me ama y me desea, que me rapte con su mirada y me lleve a conocer la fragilidad de su alma, que se permita el regocijo de las palabras que circulan en su mundo y el mío, permitiéndose robar unas mías para alimentar las suyas y permitiendo que yo me deleite con el aroma que exhala nuestra pequeña ficción.
Un sueño, mera ficción atemporal.
Día 2
Transito por las calles de la ciudad, viendo cómo la vida se va entre la costumbre de estar con otro alguien y el engaño de creer amar y creerse amado. ¿por qué no simplemente sigo soñando?
Me despierto cuando noto que se van desprendiendo de mí, con cada roce de su piel, mis intereses más claros, mis deseos más profundos.
¡Ay! ¡Cómo me pierdo en sus brazos!
Vaga ilusión que me hace soñar.
Día 3
Una nueva pequeña ficción aparece, encapsulada y muy sellada; sólo es posible distinguirla porque tiene la apariencia de un objeto. Ella, que flota aquí por momentos y es visible cuando entra a la sombra de ese esquina vacía de mi habitación, se queda ahí como pidiendo ser rescatada, pero ya aprendí que si quiere ser mía tendrá que ser menos esquiva y más tangible.
La vida es tan deliciosamente confusa y diversa, que ya sé que en otro momento aparecerá una nueva razón para soñar.
Día 4
De nuevo caminando. Hoy camino en el frío mundo de un sueño antártico que mezcla la vida colorida del trópico y la dificultad de la vida, sobre bloques de hielo que soportan casas, gente, mascotas, senderos, risas y gritos.
El camino empieza en un lugar desolado y aunque aparenta ser violentamente frío, mi cuerpo no percibe ningún cambio de temperatura, como si no viviera, bueno por lo menos no ahí. Nos acercamos al pueblo, los niños corren y juegan en las calles, los perros ladran y las señoras de casa se asoman a sus puertas a saludar al viajero, a dar la bienvenido y ofrecer su generosa sonrisa.
Me pregunto por qué tan felices si el clima no es tan tibio como acostumbrábamos. Y en el momento justo en el que creo encontrar una razón para su incontenible felicidad, veo cómo, a la derecha, una rampa se introduce en el hielo para dar paso a un enorme acuario dentro del que vive más gente. Camino dentro de ese acuario, motivada por mi guía, que ahora se parece a Beatriz llevándome a conocer el Paraíso. Mis temores se disipan, el agua no me moja, no me ahogo y de repente empiezo a sentir todo muy tibio.
Sigo mi camino intentando entender por qué me preocupa tanto un mundo tan ruidosamente feliz.
Día 5
O tal vez día mil. como esos mil de guerra, o día cien, de irremediable soledad. Esta realidad golpea tan fuerte, que desearía ser Titán para soportar este desastre que tanto pesa.
Ahora, en medio de tanta incertidumbre, quisiera verla a los ojos y decirle que todo va a estar bien, sin embargo de mis ojos solo brota dolor en lágrimas eternas que no se detienen.
Pensé que soñaba.
Día 6
Viajamos, nos detenemos en un puente a ver pasar los carros y después de unas horas descansamos en la habitación norte del piso 15, aunque cómodas, no es la casa.
Día 7
Sólo sé que ha pasado mucho tiempo, las marcas de mi piel lo delatan. El tiempo... ese invisible devorador de hombres que corre dejando las más profundas huellas sin posibilidad alguna de reclamarle. Estas marcas tienen mil nombres y mil formas, pero aún no encuentro una línea narrativa definida. Ahí va, simplemente dejando surcos, tejiendo esa rareza de vida que llevamos.
Estoy segura, ha pasado mucho tiempo.
Día 8
Y tanto tiempo ha pasado, que el vuelo nos dejó y nunca nadie nos llamó. Siempre estuvimos sentadas en la sala de espera, vimos a muchos correr con su equipaje de niños, de playa, de montaña, de voz de abuelo esperando en la distancia; ¡pero a nosotras nos dejó el vuelo!
Lo noté cuando revisé mi reloj, que no pude leer, porque estaba al revés. Todo traspuesto, los sentimientos, las miradas, el equipaje que no tendremos en un buen tiempo...
Solo resta esperar, esperar que otro solucioné esta situación... repito, estuvimos ahí todo el tiempo.
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